LA MODA DESPUÉS DE LA MODA

La moda ha estado presente en mi vida desde que tengo memoria. Recuerdo cuando en mi niñez pasaba las tardes junto a mis tías, viéndolas coser mientras yo observaba con fascinación todo lo que ocurría a mi alrededor: los patrones extendidos sobre la mesa, la precisión con la que cortaban la tela, la destreza con la que dominaban la máquina de coser. Concentrada en cada uno de sus movimientos, solo cambiaba mi enfoque para hojear una y otra vez las revistas de moda que guardaban en su taller. Eran publicaciones que contemplaba con fascinación y, mientras las tenía en mis manos, miraba cómo mis tías transformaban una tela en una prenda y entendía la magia de una parte del ciclo de la moda: una prenda se origina en un proceso de diseño que implica largas horas de trabajo, antes de aparecer, llena de glamour, en las páginas de una revista o en la vitrina de una tienda. Esta es una escena cargada de emoción que explica por qué, años después, terminé uniendo mis dos grandes pasiones: la moda y el periodismo. De hecho, no fue una casualidad ni una coincidencia.

Hoy puedo contar que he tenido la fortuna de hacer parte de la industria de la moda, aquí he ocupado distintos lugares y asumido diferentes roles. Sin embargo, hay uno que nunca ha dejado de acompañarme: el de periodista. Algunas veces esa faceta ha sido más visible que otras, pero nunca ha desaparecido, porque independientemente del cargo que ocupe, la periodista siempre permanece. Es ella la que observa esta industria, cuestiona, analiza y construye una mirada crítica que, en ocasiones, comparto públicamente y, en otras, me reservo. Hoy, le apuesto a la primera postura y comparto en formato escrito, casi como un desafío al algoritmo y, a la tendencia de no leer, una reflexión que me ha dado vueltas:

La moda es una industria profundamente compleja. Es un universo compuesto por múltiples capas y, cada una de ellas es válida y necesaria. Desde lo que muchos podrían considerar superficial —aunque pocas industrias demuestran con tanta claridad que detrás de esa aparente superficialidad existe una enorme profundidad— hasta todo aquello que sucede tras bambalinas: la investigación, los conceptos, los procesos creativos, los oficios, las decisiones estratégicas y las historias que dan sentido a lo que finalmente vemos materializado en una colección, una pasarela, una campaña o una vitrina. Todo hace parte de un mismo ecosistema y todas sus capas merecen un lugar. Sin embargo, cuando miro nuestro ecosistema hoy, hay dos dinámicas que no dejan de llamarme la atención porque, de alguna manera, parecen estar marcando el rumbo de la comunicación y la conversación sobre moda en nuestro país.

La primera tiene que ver con la forma en que hoy estamos comunicando la moda. Pienso, sobre todo, en los medios, las plataformas editoriales y buena parte de quienes producen contenido alrededor de esta industria. Allí, el norte parece definirse, cada vez más, por la permanente validación del otro y la construcción de una atmósfera de aspiracionalidad constante. Narrativas válidas, pero no las únicas. Porque, más allá del sofisma que equipara visibilidad con relevancia, en esta industria hay un argumento que debería brillar por sí mismo: la moda. Y cuando me refiero a la moda es a la capacidad de verla y analizarla en su 360, es decir, en sus diferentes capas. 

Por supuesto, cada medio y cada generador de contenido la abordará desde su experticia, enfoque o narrativa.  Lo curioso y lo cuestionable es que esa mirada masiva esté uniformada, plana o mediada por la sociedad del mutuo elogio, las apariencias, del todo está bien y, cuyo denominador común, sí o sí, es una buena cantidad de seguidores y likes.  Traducción, es el alcance el que valida al contenido y no la calidad de esté. Ojo, porque la calidad de un contenido no está definida porque nos guste o no, sino por las muchas variables que este revela; la principal es, sin duda, el conocimiento del tema o la capacidad de análisis y crítica, solo por mencionar las básicas. Variables que en nuestro ecosistema, entre muchas otras, parecen estar apagadas. Y es aquí donde nos encontramos con una paradoja al mejor estilo de: ¿qué fue primero la gallina o el huevo? La pregunta aquí es: ¿el alcance es el que se impuso por encima de la calidad? o ¿la calidad dejó de ser un factor de valor para quienes también validan y consumen el contenido?  Y digo validan, porque además del público masivo de las redes, son las instituciones, las marcas y los distintos actores de nuestra industria, los principales responsables de promover y privilegiar el tipo de contenido que alrededor de la moda colombiana se genera.

Es aquí donde me planteo más preguntas: ¿nuestro ecosistema tiene la capacidad de diferenciar entre alcance y criterio, entre visibilidad y conversación, entre atención y profundidad? Hoy, buena parte del ecosistema parece regirse por la lógica de las publicaciones efímeras y del trending topic y en ese orden de ideas pregunto: ¿nuestras instituciones y actores entienden la importancia de que, en medio de la ola, el contenido de valor y diferenciado, también coexista con aquel cuya narrativa no necesariamente corresponde al estereotipo o al alcance del algoritmo?

Considero que la verdadera vuelta de tuerca consiste en entender que existe mucho más contenido que el que dicta la fórmula comunicativa dominante; que los públicos no deben subestimarse y que ofrecerles herramientas y otras voces para comprender la moda, puede ser tan valioso como sumarse al post viral. Formar audiencias mientras se comunica la moda también puede ser un hit, es más si lo piensan con calma es capitalizable, si a eso vamos; porque recuerden que, cuando la ola baje, lo importante no será la espuma, sino aquello que permanece en el fondo: el talento, las ideas y las historias que le dan sentido a esta industria.

La segunda dinámica comunicativa que me cuestiona tiene que ver con los grandes eventos y, Colombiamoda, es quizás el mejor ejemplo, ya que es el encuentro más importante y visible de la industria de la moda en nuestro país y uno de los más relevantes de Latinoamérica. Esta feria tiene un lugar en mi corazón, porque como ninguna otra, me ha acercado a mí y muchos otros, a grandes protagonistas de la moda y eso, es un mérito enorme.  Sé que para muchos, cada año, es una cita anhelada por su peso y enorme alcance.  Y es quizás ahí, en su alcance, donde subyace el origen de una gigantesca capa de “ruido”, literal y metafórico, que la envuelve: cada metro cuadrado posee su propia banda sonora, amplificada por el altísimo flujo de asistentes. A esto, se suman los muchos eventos que ocurren al mismo tiempo, el gran volumen de contenido, el algoritmo, la espectacularización y la inflación de opiniones, entre muchos otros aspectos.  Sin duda, en medio de tantas capas, puede hacerse confuso para muchos, decantar lo que realmente nos convoca allí: la moda. Porque el problema no es que haya ruido; el problema es cuando el ruido impide escuchar lo esencial.

Y es justamente ahí donde aparece otra inquietud. El aumento del volumen de información no necesariamente significa un aumento equivalente a la profundidad de la conversación. Este tipo de eventos, por su propia naturaleza, incentivan dinámicas de exhibición e inmediatez que terminan privilegiando la visibilidad sobre el contenido y, por supuesto, no se trata de negar que esa dimensión exista —hace parte de la experiencia de la moda—, sino de preguntarnos si puede ser la única manera de vivirla y contarla; pues es fundamental recordar a que a las audiencias no hay que subestimarlas, por el contrario la formación de públicos a través de la comunicación siempre jugará a favor y no en contra de cualquier ecosistema, incluido, por supuesto, la moda.

Yo insisto en el valor, porque me resulta difícil comprender que una industria tan potente, con tanta información, creatividad y conocimiento en su haber, termine reducida a una sola manera de abordarla: una que muchas veces no la comunica ni la impulsa, sino que la utiliza como telón de fondo para la construcción del personaje de turno. Y, esa lógica tampoco es ajena a las marcas. Los años y la experiencia me han enseñado a reconocer cuándo una propuesta tiene una visión sólida y cuándo solo construye un relato atractivo, pero sin fundamentos. Por eso creo que los grandes eventos de moda son una radiografía extraordinaria de nuestra industria: allí las fortalezas y las posibilidades de mejora de una marca se hacen visibles con enorme claridad para quienes hemos crecido y trabajado en este medio.

Porque la curaduría también comunica. La selección de las pasarelas y el diseño de las activaciones o encuentros en estos grandes eventos, no solo configuran una programación extensa, también construyen un relato sobre la moda que queremos mostrar y eso, conlleva una responsabilidad enorme. Como toda forma de comunicación, debería revelarnos visión, criterio y conexión; no reproducir los mismos sofismas que, tristemente, también terminan instalándose en la conversación.

Hoy, después de tantos años, sigo amando la moda y el periodismo. Después de tantas historias también debo confesar que hay cosas que ya me importan menos, porque simplemente, otras me importan más y, claro está, algunas siguen intactas como la periodista que me habita, ella es la que escribe esta reflexión. Una faceta que lejos de inquietarme, me resulta profundamente gratificante y reveladora, porque incluso en medio del vértigo, el ruido y los múltiples sofismas que la comunicación de nuestra industria genera, yo continúo mirando y celebrando la esencia, cuando me encuentro de frente con la moda, después de la moda.

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